Olvidadas maquetas

Debido al desarrollo de las nuevas tecnologías, cada vez es más difícil encontrar un arquitecto que haga maquetas, puesto que han quedado desplazadas por las infografías y modelos en 3D. Lo que es una pena, puesto que una maqueta es muy útil a la hora de explicar a un cliente cómo va a ser el edificio que el arquitecto le está proyectando, puesto que hay muchas personas que carecen de visión espacial y hasta que no ven un objeto en tres dimensiones que pueden tocar y observar desde diferentes ángulos, no se hacen bien una idea.

Una maqueta no sólo sirve para presentar el resultado final al cliente y esto es en lo que se diferencia de las maquetas virtuales e infografías, sino que es un elemento proyectual de primer orden. Con ella se pueden establecer proporciones, jugar con diferentes volúmenes, alturas y espacios.


Desde aquí quiero reivindicar el uso de maquetas, para lo que he elegido una que realicé para un proyecto que presenté a concurso para la construcción de un edificio en la Universidad de Valladolid. En un principio iba a usar la maqueta para tratar de resolver un problema con una pasarela que unía dos partes del edificio y que era esencial para dotar al mismo de continuidad y homogeneidad, además de para marcar un hito.


Además, la maqueta posibilitó ver los posibles cambios y ampliaciones (volúmenes en negro) que se podrían producir en el edificio, ayudando a preparar su diseño para asumir dichos cambios.


Para mí constituyen un elemento imprescindible del proyecto arquitectónico, en muchos casos fundamental para conseguir explicar a un cliente ideas tan importantes como el volumen, la proporción o el ritmo de un proyecto.

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